Las emergencias ocasionadas por sismos, explosiones, fallas estructurales, deslizamientos de tierra y otros eventos destructivos pueden provocar el colapso parcial o total de edificaciones, dejando a personas lesionadas, atrapadas bajo componentes estructurales o confinadas en espacios de difícil acceso. En estos escenarios, el tiempo de respuesta constituye uno de los factores más importantes para determinar las posibilidades de supervivencia de las víctimas, debido a que las lesiones, las condiciones ambientales y las limitaciones fisiológicas pueden agravarse conforme transcurren las horas posteriores al incidente.
Las operaciones de Búsqueda y Rescate en Estructuras Colapsadas (BREC) requieren una intervención organizada, sistemática y técnicamente fundamentada que permita localizar personas atrapadas, evaluar sus condiciones, establecer prioridades y ejecutar procedimientos de extracción seguros. Sin embargo, la efectividad de estas actividades no depende únicamente de la rapidez con que los rescatistas lleguen al lugar, sino también de su preparación, la disponibilidad de recursos, la coordinación institucional y la capacidad para identificar los riesgos presentes.
Diversas investigaciones han demostrado que el tiempo de extricación se encuentra asociado con la mortalidad de las personas atrapadas durante terremotos. Un estudio realizado a partir del sismo de Taiwán de 2016 identificó que el tiempo necesario para liberar a las víctimas fue uno de los factores más relevantes relacionados con su supervivencia. Esto refuerza la necesidad de contar con sistemas de respuesta capaces de intervenir oportunamente, sin comprometer la seguridad del personal ni de las propias víctimas.
Cuando una estructura colapsa, las personas que se encontraban en su interior pueden experimentar diferentes mecanismos de lesión, dependiendo de la distribución de las cargas, la trayectoria de los elementos estructurales y la formación de espacios de supervivencia.
Algunas víctimas pueden presentar lesiones menores y permanecer en zonas relativamente accesibles, mientras que otras pueden quedar inmovilizadas por grandes componentes de concreto, acero o mampostería.
En estos últimos casos, el tiempo de atrapamiento puede agravar progresivamente las lesiones iniciales y favorecer la aparición de complicaciones secundarias.
Entre los principales factores relacionados con el deterioro de las condiciones de las víctimas se encuentran la hemorragia, el compromiso respiratorio, la deshidratación, las alteraciones de la temperatura corporal, la compresión prolongada de tejidos y la falta de atención médica.
Por ello, cada minuto representa una oportunidad para identificar y atender condiciones que pueden comprometer la vida, especialmente durante las primeras etapas de una emergencia.
No obstante, debe reconocerse que la supervivencia no depende exclusivamente del tiempo transcurrido.
Una persona con lesiones graves puede fallecer durante los primeros minutos después del colapso, mientras que otra, protegida dentro de un espacio vital y sin traumatismos significativos, puede sobrevivir durante varios días.
Esta variabilidad explica por qué las decisiones operativas no deben fundamentarse únicamente en el número de horas transcurridas desde el incidente.
En materiales tradicionales de capacitación BREC se utilizan representaciones que relacionan el tiempo transcurrido con una disminución progresiva de las posibilidades de supervivencia.
La representación didáctica proporcionada contempla cuatro referencias principales:
Tiempo transcurrido
Supervivencia ilustrativa
4 horas: 50 %
8 horas: 30 %
2 días: 15 %
7 días: 5 %
Es importante precisar que estos valores corresponden a la representación didáctica proporcionada y no constituyen tasas universales de supervivencia validadas para todos los colapsos estructurales.
Las cifras reales pueden variar considerablemente según el tipo de estructura, la magnitud del colapso, las características de las víctimas, los mecanismos de lesión y la disponibilidad de asistencia.
La literatura científica respalda la asociación entre el tiempo de extricación y el riesgo de mortalidad, pero no permite establecer una única curva porcentual aplicable a todos los eventos.
En consecuencia, las estimaciones deben interpretarse con precaución y nunca utilizarse de manera aislada para determinar la suspensión de una búsqueda.
Durante los primeros momentos posteriores al incidente, las personas que permanecen en las zonas accesibles pueden recibir asistencia mediante los recursos disponibles en la comunidad.
En esta etapa resulta fundamental identificar los peligros inmediatos, activar los servicios de emergencia y organizar las acciones iniciales.
Las víctimas con lesiones relativamente menores pueden ser evacuadas mediante procedimientos que no requieran intervenciones técnicas complejas.
Sin embargo, las personas atrapadas bajo elementos estructurales necesitan una valoración diferente, debido a que cualquier movimiento incorrecto de los escombros puede modificar la distribución de las cargas y provocar lesiones adicionales.
Por lo tanto, la prioridad consiste en desarrollar acciones rápidas, pero controladas, basadas en la evaluación de riesgos y en las capacidades reales de los intervinientes.
Durante el primer día, los equipos de respuesta deben concentrarse en la localización de víctimas, la estabilización de condiciones peligrosas y la atención de lesiones potencialmente reversibles.
En esta etapa pueden presentarse complicaciones relacionadas con hemorragias, lesiones torácicas, traumatismos craneoencefálicos, compromiso de la vía aérea y aplastamiento de extremidades.
La coordinación entre los equipos de rescate y el personal sanitario adquiere especial importancia, debido a que algunas víctimas necesitan atención médica antes de completar su extracción.
También deben establecerse procedimientos para identificar estructuras prioritarias, registrar hallazgos y distribuir los recursos disponibles de manera eficiente.
Conforme transcurre el tiempo, las víctimas que permanecen atrapadas pueden experimentar deshidratación progresiva, alteraciones metabólicas, deterioro circulatorio y complicaciones asociadas con lesiones musculares.
Las condiciones del espacio de atrapamiento pueden resultar determinantes, particularmente cuando existe ventilación limitada o exposición a temperaturas extremas.
En esta etapa, las operaciones pueden requerir técnicas especializadas de búsqueda, estabilización estructural y extracción.
Aunque las posibilidades de supervivencia tienden a disminuir con el tiempo, el transcurso de 72 horas no constituye un límite absoluto después del cual resulte imposible encontrar personas vivas.
Existen antecedentes documentados de personas rescatadas con vida después de permanecer atrapadas durante periodos prolongados.
Una revisión científica de 34 terremotos encontró reportes de rescates después de las primeras 48 horas y documentó casos excepcionales de supervivencia de hasta 13 o 14 días.
Estos hallazgos demuestran que la supervivencia prolongada es posible bajo determinadas circunstancias, aunque los casos extraordinarios no deben interpretarse como resultados esperables para todas las víctimas.
La decisión de continuar, modificar o concluir las operaciones debe basarse en la información disponible, la evaluación de las condiciones de supervivencia y los procedimientos de coordinación establecidos.
La gravedad de las lesiones y el tipo de atrapamiento influyen directamente en las necesidades de intervención.
No todas las personas afectadas por un colapso se encuentran en las mismas circunstancias ni requieren los mismos recursos para su rescate.
Desde una perspectiva operativa, pueden identificarse diferentes situaciones.
Son aquellas que han sufrido lesiones como consecuencia del colapso, pero conservan la posibilidad de movilizarse o pueden ser asistidas sin realizar maniobras complejas de liberación estructural.
Estas víctimas pueden encontrarse en áreas exteriores, espacios accesibles o sectores donde los elementos colapsados no impiden su desplazamiento.
Su atención debe enfocarse en la evaluación inicial, el control de condiciones potencialmente mortales y la evacuación hacia áreas seguras.
La posibilidad de movilización no descarta la presencia de lesiones graves, por lo que debe realizarse una valoración sanitaria adecuada.
En esta condición, las víctimas pueden permanecer inmovilizadas por objetos, mobiliario, fragmentos de materiales u otros obstáculos que no forman parte del sistema estructural principal.
Su liberación puede resultar relativamente sencilla cuando los elementos pueden retirarse sin alterar las condiciones de estabilidad del lugar.
Sin embargo, incluso estos escenarios requieren una evaluación previa, debido a que un objeto aparentemente secundario podría encontrarse soportando otras cargas.
La intervención debe desarrollarse mediante procedimientos compatibles con la capacitación de los rescatistas.
Se trata de víctimas inmovilizadas por elementos como losas, vigas, columnas, muros u otros componentes que pueden formar parte del sistema resistente de la edificación.
Su extracción suele requerir conocimientos especializados de comportamiento estructural, estabilización, apuntalamiento, levantamiento de cargas y remoción controlada de materiales.
Las operaciones pueden prolongarse durante varias horas debido a la necesidad de garantizar que la liberación de una víctima no provoque movimientos secundarios.
Además, estas personas presentan riesgo de lesiones por compresión, compromiso circulatorio y síndrome de aplastamiento.
Los espacios vitales aislados son cavidades que pueden formarse después de un colapso y conservar condiciones que permiten la permanencia temporal de una persona.
Su existencia depende del comportamiento de la estructura, la distribución de los escombros y los objetos presentes durante el derrumbe.
Estos espacios pueden ofrecer protección parcial frente a la acción directa de los elementos estructurales.
Sin embargo, su capacidad para favorecer la supervivencia depende de factores como el tamaño del espacio, la ventilación, la ausencia de lesiones graves y las condiciones ambientales.
Las Guías INSARAG consideran la información sobre los espacios vacíos dentro de los factores que pueden ayudar a valorar los sitios de trabajo, ya que la dimensión de estas cavidades influye en las posibilidades de supervivencia y en la complejidad de las maniobras de rescate.
La supervivencia de una persona atrapada no depende únicamente de las lesiones ocasionadas por el impacto inicial.
Durante el confinamiento pueden desarrollarse alteraciones fisiológicas que comprometen progresivamente las funciones vitales.
Entre las principales se encuentran las siguientes.
La respiración requiere un intercambio gaseoso adecuado entre el organismo y el ambiente.
Cuando una persona queda atrapada en una cavidad con ventilación insuficiente, puede presentarse una disminución del oxígeno disponible y una acumulación de dióxido de carbono.
La velocidad de estos cambios depende del volumen del espacio, la ventilación existente, el número de personas atrapadas y otras características del ambiente.
También pueden presentarse riesgos relacionados con polvo, humo, gases tóxicos o productos de combustión.
Por ello, la identificación de un espacio vital no garantiza que sus condiciones atmosféricas sean seguras.
Los equipos especializados deben considerar la evaluación del ambiente cuando existan indicios de atmósferas peligrosas.
Las lesiones traumáticas pueden ocasionar hemorragias externas o internas que comprometen la circulación sanguínea.
Cuando la pérdida de sangre es significativa, puede desarrollarse un estado de choque hemorrágico que reduce la perfusión de órganos vitales.
La ausencia de atención oportuna puede favorecer el deterioro del estado de conciencia y la aparición de complicaciones irreversibles.
En personas atrapadas, la identificación y el control de estas condiciones pueden resultar difíciles debido a las limitaciones físicas de acceso.
Por esta razón, la integración temprana del personal sanitario especializado representa un componente importante en las operaciones BREC.
La falta de acceso al agua puede ocasionar una reducción progresiva del volumen de líquidos corporales.
La gravedad depende de múltiples variables, entre ellas la temperatura ambiental, la actividad metabólica, las lesiones, la pérdida de sangre y las condiciones de salud previas.
En ambientes calurosos, las pérdidas de agua pueden incrementarse y acelerar el deterioro fisiológico.
La deshidratación también puede agravar las alteraciones circulatorias y contribuir al desarrollo de lesión renal aguda en determinadas víctimas.
No existe un tiempo único de supervivencia sin agua aplicable a todas las personas, ya que las condiciones individuales y ambientales modifican considerablemente la evolución.
Las condiciones ambientales pueden influir de manera significativa en la supervivencia.
En ambientes fríos, especialmente cuando las víctimas presentan lesiones o pérdida de sangre, existe riesgo de hipotermia.
La disminución de la temperatura corporal puede favorecer alteraciones cardiovasculares, neurológicas y de la coagulación.
Por otra parte, la exposición a temperaturas elevadas puede incrementar las necesidades de líquidos y favorecer el desarrollo de enfermedades relacionadas con el calor.
El personal sanitario debe considerar estas condiciones desde las primeras etapas de la atención.
La edad, las enfermedades preexistentes, la condición física y el estado de salud previo pueden modificar la respuesta del organismo al traumatismo y al confinamiento prolongado.
Las personas con enfermedades cardiovasculares, respiratorias o renales pueden presentar necesidades específicas de atención.
Asimismo, los niños y los adultos mayores pueden ser particularmente vulnerables a determinadas alteraciones fisiológicas.
Sin embargo, estos factores no permiten predecir de forma individual y absoluta el tiempo de supervivencia.
Cada víctima requiere una evaluación basada en sus condiciones clínicas y en la información obtenida durante la búsqueda.
Uno de los riesgos médicos más importantes asociados con el atrapamiento prolongado es el síndrome de aplastamiento o crush syndrome.
Esta condición puede desarrollarse cuando una masa muscular significativa permanece sometida a una fuerza de compresión durante determinado periodo.
La presión prolongada puede ocasionar alteraciones del flujo sanguíneo, lesión celular y destrucción del tejido muscular.
Cuando el músculo dañado libera su contenido hacia la circulación, pueden producirse complicaciones metabólicas y sistémicas graves.
Entre ellas se encuentran la hiperpotasemia, la acidosis metabólica, las alteraciones del ritmo cardíaco y la lesión renal aguda.
Es importante distinguir ambos conceptos.
La lesión por aplastamiento corresponde al daño local ocasionado por una fuerza compresiva que afecta los tejidos.
El síndrome de aplastamiento es una complicación sistémica que puede aparecer como consecuencia de la lesión muscular extensa.
No todas las personas que presentan una lesión por compresión desarrollarán necesariamente síndrome de aplastamiento.
El riesgo depende de factores como la extensión de la masa muscular afectada, la intensidad de la compresión, el tiempo de atrapamiento y las condiciones clínicas.
La rabdomiólisis consiste en la destrucción del tejido muscular esquelético, con liberación de sustancias intracelulares hacia el torrente sanguíneo.
Entre estas sustancias se encuentran la mioglobina y el potasio.
La liberación de cantidades importantes de potasio puede ocasionar hiperpotasemia, una alteración electrolítica capaz de provocar arritmias cardíacas potencialmente mortales.
La mioglobina, junto con otros mecanismos fisiopatológicos, puede contribuir al desarrollo de lesión renal aguda.
Estos procesos explican por qué algunas víctimas pueden presentar complicaciones importantes incluso después de haber sido liberadas de los escombros.
La eliminación de la presión sobre una extremidad lesionada puede modificar el flujo sanguíneo hacia los tejidos afectados.
Durante este proceso pueden incorporarse a la circulación sustancias acumuladas en el área lesionada, favoreciendo alteraciones metabólicas y cardiovasculares.
Por lo tanto, la extracción no debe considerarse exclusivamente una actividad mecánica.
Cuando existe sospecha de síndrome de aplastamiento, la liberación debe coordinarse con personal sanitario capacitado, que valore la necesidad de medidas médicas previas, durante y después de la extricación.
Las recomendaciones médicas de INSARAG destacan la importancia de desarrollar protocolos específicos para estos pacientes y considerar las dificultades propias de la atención en estructuras colapsadas.
En determinadas operaciones BREC, la atención sanitaria puede comenzar antes de que la víctima haya sido liberada completamente.
Esta modalidad requiere coordinación estrecha entre el personal de rescate y los profesionales encargados de la asistencia médica.
La atención puede encontrarse limitada por el espacio disponible, la imposibilidad de movilizar al paciente, la presencia de materiales estructurales y las condiciones ambientales.
Entre las prioridades clínicas se encuentran la evaluación de la vía aérea, la respiración, la circulación, el estado neurológico y las lesiones identificadas.
También puede ser necesario controlar hemorragias, prevenir la hipotermia y establecer medidas para reducir el riesgo de complicaciones durante la extracción.
En pacientes con riesgo de síndrome de aplastamiento, las recomendaciones especializadas contemplan el inicio oportuno de tratamiento médico, incluida la reanimación con líquidos cuando esté indicada, antes de retirar la compresión.
Estas decisiones requieren una valoración individualizada, debido a que el tratamiento depende de las condiciones hemodinámicas, los antecedentes clínicos y la naturaleza de las lesiones.
La extracción exitosa de una víctima no termina cuando se retira el último obstáculo estructural: también requiere garantizar una transición segura hacia la atención prehospitalaria y hospitalaria.
La atención de un colapso estructural puede desarrollarse mediante diferentes niveles de intervención, dependiendo de la magnitud del incidente y los recursos disponibles.
En emergencias de gran escala, es frecuente que las primeras acciones sean realizadas por personas cercanas al lugar, seguidas por equipos comunitarios, servicios de emergencia y grupos especializados.
Esta progresión no debe interpretarse como una secuencia rígida, ya que distintos niveles de respuesta pueden participar simultáneamente.
Inmediatamente después de un colapso, las primeras personas que pueden auxiliar a las víctimas suelen ser familiares, vecinos, trabajadores o transeúntes.
Estas intervenciones se conocen como rescate espontáneo.
Durante esta etapa, algunas personas lesionadas pueden recibir asistencia inicial o ser evacuadas desde áreas que no presentan obstáculos importantes.
La proximidad de los primeros intervinientes representa una ventaja temporal, debido a que los equipos institucionales todavía pueden encontrarse en proceso de movilización.
No obstante, el rescate espontáneo también puede generar riesgos cuando se realizan maniobras sin conocimientos técnicos o se ingresa a estructuras inestables.
La remoción no controlada de elementos estructurales, la exposición a instalaciones eléctricas dañadas o el ingreso a espacios con riesgo de colapso pueden ocasionar nuevas víctimas.
Por ello, las acciones comunitarias deben concentrarse en actividades compatibles con las capacidades de los participantes y evitar intervenciones que requieran equipos especializados.
Los grupos comunitarios capacitados pueden contribuir a mejorar la organización de las actividades iniciales.
Su intervención puede comprender acciones de reconocimiento, comunicación de información, identificación de personas desaparecidas y asistencia en áreas seguras.
También pueden apoyar a los servicios de emergencia mediante la recopilación de datos sobre la ocupación de los inmuebles y la posible ubicación de víctimas.
La capacitación previa resulta fundamental para que estos grupos reconozcan sus límites operativos y eviten realizar actividades para las cuales no cuentan con preparación.
Los servicios de primera respuesta desempeñan una función esencial durante las primeras horas de una emergencia.
Entre sus actividades se encuentran la evaluación inicial, la delimitación de zonas peligrosas, la atención prehospitalaria, el control de riesgos y la coordinación de los recursos disponibles.
Dependiendo de su nivel de capacitación, pueden participar en la búsqueda superficial y en operaciones de rescate que no requieran técnicas estructurales complejas.
Asimismo, su intervención permite establecer las primeras estructuras de coordinación y facilitar la llegada de equipos especializados.
Cuando las víctimas permanecen atrapadas bajo componentes estructurales o en espacios de difícil acceso, pueden requerirse equipos especializados de búsqueda y rescate.
Estos grupos cuentan con personal capacitado y recursos técnicos para desarrollar actividades como evaluación estructural, búsqueda instrumental, apuntalamiento, estabilización de cargas y extracción controlada.
Las operaciones especializadas pueden prolongarse durante horas o días, dependiendo de la complejidad de la estructura y de las condiciones de las víctimas.
El sistema estadounidense de búsqueda y rescate urbano reconoce la importancia de combinar las distintas capacidades de respuesta para desarrollar operaciones progresivas y coordinadas.
El tipo de atrapamiento y las condiciones estructurales influyen en la selección de los recursos necesarios.
En términos generales, pueden distinguirse operaciones relativamente sencillas, rescates que requieren recursos intermedios y actividades de alta complejidad técnica.
Comprenden la atención de personas localizadas en zonas accesibles, donde no se requieren maniobras estructurales complejas.
Estos procedimientos pueden desarrollarse durante las primeras etapas de respuesta, siempre que existan condiciones de seguridad.
Se relacionan con personas atrapadas en cavidades o sectores a los que puede accederse mediante procedimientos controlados.
Pueden requerir herramientas específicas, iluminación, equipos de comunicación y medidas de estabilización.
Corresponden a situaciones donde las víctimas se encuentran bajo grandes elementos estructurales o en espacios cuya penetración requiere maniobras especializadas.
Estas operaciones pueden necesitar levantamiento y estabilización de cargas, apuntalamiento, corte de materiales y procedimientos de acceso técnico.
La complejidad también aumenta cuando existen peligros adicionales, como fugas de gases, instalaciones energizadas o condiciones estructurales inestables.
En todos los casos, la prioridad consiste en seleccionar un procedimiento compatible con la situación y con las capacidades reales del equipo.
Una de las principales dificultades de las operaciones BREC consiste en localizar víctimas cuya posición no puede identificarse visualmente.
Los escombros pueden formar cavidades, conductos y espacios que dificultan determinar de dónde provienen las señales de una persona atrapada.
Para enfrentar estas condiciones se utilizan diferentes métodos de búsqueda.
Consiste en inspeccionar cuidadosamente las áreas accesibles para identificar personas, movimientos, objetos personales o indicios de ocupación.
Este procedimiento suele formar parte de las primeras evaluaciones.
Consiste en emitir señales verbales y establecer periodos de silencio para identificar posibles respuestas.
La técnica requiere controlar el ruido ambiental y mantener una comunicación organizada entre los integrantes del equipo.
La ausencia de respuesta no permite descartar que existan personas atrapadas.
Los equipos caninos especializados pueden contribuir a identificar indicios asociados con la presencia de personas en áreas donde el acceso visual resulta limitado.
Los hallazgos deben interpretarse dentro del procedimiento de búsqueda y verificarse según las condiciones del escenario.
Puede incorporar cámaras de búsqueda, equipos acústicos, dispositivos de detección y otros recursos técnicos especializados.
Estos instrumentos permiten ampliar las capacidades de localización en lugares de difícil acceso.
La combinación de procedimientos puede mejorar la información disponible para planificar las operaciones de rescate.
No obstante, ninguna técnica garantiza por sí sola la identificación de todas las víctimas presentes en una estructura.
Durante desastres de gran magnitud pueden existir múltiples estructuras colapsadas y recursos insuficientes para intervenir simultáneamente en todos los lugares.
Esta situación obliga a establecer prioridades mediante procedimientos de evaluación y triaje de sitios de trabajo.
La metodología INSARAG contempla factores como la presencia confirmada de víctimas vivas, la existencia de posibles sobrevivientes, las condiciones estructurales y las limitaciones operativas.
La información permite orientar la asignación de recursos hacia los lugares donde pueden desarrollarse operaciones de rescate.
Es importante diferenciar entre priorizar recursos y establecer un límite absoluto de supervivencia.
Un sitio puede requerir mayor cantidad de recursos debido a su complejidad, mientras que otro puede permitir rescates relativamente rápidos.
En este contexto, la evaluación de los espacios vitales, los indicios de víctimas y la capacidad operativa de los equipos constituye un componente esencial para adoptar decisiones fundamentadas.
La priorización también debe actualizarse conforme se obtenga nueva información. Un hallazgo que confirme la presencia de sobrevivientes puede modificar las prioridades previamente establecidas.
La necesidad de intervenir rápidamente no elimina la obligación de controlar los riesgos presentes.
Una edificación que ha sufrido daños importantes puede conservar componentes estructurales inestables, capaces de desplazarse o colapsar como consecuencia de movimientos adicionales.
Entre los factores que pueden modificar la estabilidad se encuentran las réplicas sísmicas, las vibraciones, el movimiento de maquinaria y la remoción de materiales.
Por esta razón, las operaciones requieren evaluaciones estructurales, identificación de peligros y medidas de control.
En determinados escenarios pueden ser necesarios procedimientos de apuntalamiento, estabilización de cargas y vigilancia de movimientos estructurales.
La participación de especialistas en estructuras permite apoyar las decisiones relacionadas con la seguridad de las maniobras.
La Administración de Seguridad y Salud Ocupacional de Estados Unidos (OSHA) destaca la importancia de evaluar las condiciones estructurales y organizar las intervenciones mediante un sistema de mando que permita mantener el control del personal de respuesta.
La seguridad también debe considerar la existencia de rutas de evacuación, zonas de exclusión y procedimientos para suspender las actividades cuando se identifiquen condiciones peligrosas.
La rapidez constituye una ventaja operativa únicamente cuando se acompaña de procedimientos seguros y decisiones técnicamente justificadas.
La efectividad de la respuesta depende en gran medida de la capacidad para organizar los recursos disponibles.
El Sistema de Comando de Incidentes (SCI) proporciona una estructura para establecer responsabilidades, coordinar actividades y mantener una comunicación ordenada durante la emergencia.
En un colapso estructural, esta organización permite asignar funciones relacionadas con las operaciones de búsqueda, rescate, seguridad, atención médica y logística.
La identificación de un mando responsable favorece que las decisiones se comuniquen oportunamente y que los diferentes grupos trabajen bajo objetivos compartidos.
También permite establecer prioridades, controlar el ingreso a zonas peligrosas y coordinar la incorporación de recursos adicionales.
En operaciones prolongadas, el SCI facilita los relevos de personal y la continuidad de las actividades mediante registros y procedimientos de transferencia de información.
La ausencia de coordinación puede provocar duplicación de búsquedas, retrasos en la movilización de recursos y exposición innecesaria a peligros.
Por lo tanto, la capacidad de organizar la respuesta puede influir directamente en el tiempo necesario para localizar y extraer a las víctimas.
La reducción del tiempo de respuesta comienza mucho antes de que se presente un colapso estructural.
La capacitación, la planificación y la disponibilidad de recursos permiten desarrollar intervenciones más organizadas desde los primeros momentos de un incidente.
Entre las medidas de preparación se encuentran la identificación de riesgos estructurales, la elaboración de planes de emergencia, la capacitación de brigadas y el desarrollo de ejercicios de simulación.
Las instituciones responsables de la respuesta también deben considerar los mecanismos de activación, la distribución de funciones y la disponibilidad de equipos especializados.
La preparación comunitaria cumple una función importante, ya que las personas cercanas a un incidente pueden proporcionar información inicial y colaborar con los servicios de emergencia dentro de los límites de su capacitación.
Por otra parte, la formación de equipos BREC permite desarrollar competencias relacionadas con evaluación de estructuras, búsqueda, marcaje, estabilización, atención de víctimas y extracción.
Estas capacidades deben mantenerse mediante ejercicios periódicos que reproduzcan condiciones similares a las que pueden presentarse durante emergencias reales.
Una de las decisiones más complejas durante una emergencia estructural consiste en determinar cuándo deben modificarse o concluirse las operaciones de búsqueda de personas con vida.
Conforme transcurren los días, pueden disminuir las posibilidades de encontrar sobrevivientes, mientras aumentan las necesidades de atención de otras personas afectadas por el desastre.
Sin embargo, no existe un tiempo universal a partir del cual pueda afirmarse que todas las víctimas atrapadas han fallecido.
La literatura científica documenta rescates exitosos después de periodos prolongados, lo que demuestra la necesidad de considerar las particularidades de cada incidente.
Las decisiones deben fundamentarse en la información disponible sobre las víctimas, las condiciones de los espacios de atrapamiento, las evaluaciones técnicas y las posibilidades operativas.
También deben considerarse los riesgos para los rescatistas y los procedimientos establecidos por las autoridades responsables.
La suspensión o modificación de determinadas actividades no debe basarse exclusivamente en una cifra porcentual de supervivencia ni en la ausencia de respuestas durante los llamados.
La revisión científica de Macintyre y colaboradores destaca precisamente la dificultad de establecer tiempos máximos de supervivencia y la importancia de utilizar la evidencia disponible para orientar las decisiones de gestión de incidentes.
El estudio de la relación entre el tiempo de respuesta y la supervivencia permite identificar principios fundamentales para mejorar las capacidades de atención de emergencias.
En primer lugar, la intervención temprana puede incrementar las oportunidades de atender lesiones potencialmente reversibles y facilitar la localización de víctimas.
En segundo lugar, la condición de atrapamiento debe evaluarse de manera individualizada, debido a que las necesidades de una persona lesionada en superficie son diferentes de las de una víctima confinada bajo componentes estructurales.
En tercer lugar, la integración de la atención médica durante las operaciones de rescate resulta indispensable para prevenir complicaciones como el síndrome de aplastamiento.
Asimismo, la evaluación de riesgos debe mantenerse durante todas las etapas de la intervención, especialmente cuando existen estructuras inestables.
Finalmente, la coordinación entre equipos comunitarios, servicios de primera respuesta y unidades especializadas constituye un elemento esencial para aprovechar adecuadamente los recursos disponibles.
La capacitación debe enfatizar que la rapidez de respuesta no debe medirse exclusivamente por el tiempo de llegada al incidente, sino también por la capacidad para identificar víctimas, controlar riesgos, proporcionar atención y completar extracciones seguras.